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Hubo un indio tramposo en tierra yampara, que no pagaba sus deudas y
fue demandado en Tarabuco. Todos sus acreedores, cierto día, volvían a
eso de la media tarde, del citado pueblo, confiados en que la justicia
hasta encarcelaría al hombre de nuestro relato. Pasaron por medio de un
maizal, donde hacía de las suyas un zorro. Al sentir pasos se ocultó. Los
indios dialogaban en voz alta sobre el asunto de su preocupación. Attok
les escuchó y veloz corrió hasta las inmediaciones del rancho del indio
tramposo. Esperó a que fuera de noche. La luna alumbraba esclareciendo el
paisaje. El zorro puso pedrones sobre las plantas de olala, las que
en la claridad nocturna semejaban soldados, o por lo menos gente. Llegóse
a la puerta del indio tramposo y llamó con misterio. Attok dijo: -Despierta...
Escúchame... El indio asomó. Y el zorro le dijo: -Mira hacia los
cerros... Los soldados de Tarabuco y Yamparaez esperan que amanezca para
llevarte preso... -¿Y que hago ahora tío Antoño? -¿Quieres
que te salve? Pide lo que quieras que te lo daré... -Bien. Me
contento con tres de tus corderos, los más gorditos me comeré -Convenido Acordaron
de que con el alba vendría el zorro a recoger lo prometido. Marchóse
el taimado y volteó los pedrones que colocara sobre las plantas de olala. Próximo
al ortal del sol regresó. El indio le esperaba con tres costales anudados
por la boca. -¿Son los corderos? -inquirió Atokk -Si... son
los mejores que tengo tío. Les palpó las colas el zorro, dijo que
estaban estupendos y solicitó que desanudara los costales. En menos de lo
que se cuenta lo hizo el indio, saltando en lugar de los tres corderos
igual número de feroces perros. Atokk disparó al verlos. Los
perros lo siguieron hasta muy lejos. El tío Antoño, mientras
corría gritaba desesperado: -Salani inyo! ... Salani inyo!... Mientras
el indio tramposo burlándose de las maldiciones del zorro, azuzaba
gritando a los perros: Wsch'a!...wsch'a!...wsch'a!...
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