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El zorro, animal enamoradizo como pocos seres en la tierra, un día
disfrazado de bellísimo wayna (jovenzuelo), muy acicalado y
compuesto, salió en busca de aventuras amorosas. Por una altura encontró
a una agraciada tawakho (jovenzuela) que, triste y suspirando,
derramaba copioso llanto. -Lulu (cariño) -le preguntó el
fullero - ¿a qué se debe tu congoja? -¡ Ay, ay, ay! - respondió
quejosa la joven - lloro desconsolada porque mis padres me obligan a
contraer matrimonio con un hombre viejo y pícaro. - Lulu
-volvió a hablar el zorro - te compadezco, pero todo tiene un remedio en
esta vida. - Sí - asintió la joven, fijándose en la buena presencia
de su interlocutor. - Te propongo casarnos - habló Khamakhe -
con el consentimiento de tus padres. Mientras tanto no le niegues tu favor
a ese hombre, hasta el día del matrimonio, en que me presentaré
disfrazado. La tawakho aceptó alegre la proposición del
taimado. Días antes del casorio, khamakhe reunió a todos
sus compañeros de pillería, pidiéndoles: -Hermanos khamakes, a
ustedes encomiendo mi felicidad. Tienen que maniatar al novio de mi tawakho
hasta que pase la boda. Escucharon muy atentos los zorros y ofrecieron
cumplir. Más tarde, khamakhe, ataviado con las ropas del
viejo novio y arreando cien ovejas robadas de apriscos ajenos, se
presentó en casa de la tawakho. Fue muy bien recibido y las
demostraciones de cordialidad se hicieron más efusivas cuando khamakhe,
ladino en el arte de engañar, anunció que era, la mitad del presente de
bodas que hacía a sus futuros suegros. Se casaron sin ningún
altercado, Bailaron hasta muy avanzada la noche y khamakhe y su
mujer luego se retiraron a dormir. En la puerta del dormitorio, el zorro,
muy libidinoso, dio muestras de precipitación por cumplir sus deberes de
marido, lo que hizo festejar y reir mucho a los invitados, quienes de un
empellón los introdujeron en la habitación, colocando una tranca con un
palo de naranjo en la puerta. Entusiasmados los invitados siguieron
bailando. Pero no duró mucho el jaleo porque el verdadero novio,
semidesnudo y lleno de mordiscos de los zorros, se presentó a quejarse lo
que le había ocurrido. - Miren, miren, miren - repetía dando vueltas y
mostrándoles las nalgas con profundos rasguños y mordiscos - piararau,
piararau (están agujereadas, están agujereadas). La suegra
observó las heridas del verdadero yerno y lanzó gritos de venganza. Los
invitados armados de palos arrebataron a khamakhe de brazos de la tawakho,
quien gritaba y se lamentaba que no se lo llevaran porque sabía cumplir
muy bien con sus deberes matrimoniales. Le propinaron una reverenda
paliza para que escarmentara de hacer uso de la mujer del hombre. "Esos
hombrecitos con caritas de zorro - dicen los indios - son los
descendientes de los hijos de Khamakhe".
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