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El Periodo de la República en Bolivia (Siglo XX)
En pleno fin del Siglo XIX, con las heridas frescas aún de la contienda
con Chile y ocurrió un suceso que habría de quedar marcado en la
Historia de Bolivia como uno más de los inexplicables dramas que
le tocó vivir:
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La Guerra del Acre
No había terminado aún el siglo XIX cuando los filibusteros de la goma
declararon la independencia del Acre, extensa zona limítrofe con
el Brasil y de cuya nacionalidad provenían la mayoría de los
rebelados.
Apoyados por su gobierno que les reforzó militarmente y ante las pocas
tropas que Bolivia logró enviar a la alejada zona, los ocupantes
protagonizaron algunas escaramuzas que a la larga resultarían ser
la llamada “Guerra del Acre”.
La tremenda debilidad boliviana que no acababa de resolver sus
problemas de la reciente guerra con Chile y la notable diferencia
de recursos con el supuesto enemigo, terminaron por obligar la
firma del Tratado de Petrópolis (1.903) con el Brasil, mediante el
cual Bolivia perdió todo el territorio que fue la aparente causa
del artificial litigio creado, recibiendo a cambio mínimas
compensaciones.
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El Tratado de 1.904
con Chile
José Manuel Pando, (militar) gobernaba Bolivia cuando se consumó lo que
Chile había planeado tan largamente:
“… en base al derecho que concede la victoria, ley suprema de las
naciones…”
imponer a Bolivia la cesión en su favor de las tierras, puertos y
costas marítimas que había ocupado por la fuerza, a través de un
“tratado” firmado en fecha 20 de octubre de 1.904.
Este funesto acontecimiento, marca históricamente un hecho en el que la
fuerza de las armas y el abuso injustificado toman forma de “pacto
internacional” entre víctima y agresor, argumento que hace valer
Chile hasta nuestros días, ante la pasividad e indiferencia de la
comunidad internacional que sin embargo ha censurado y remediado
muchos otros parecidos casos dados en la historia mundial.
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El Inicio del Siglo XX
Al Presidente Pando, (asesinado años después) le sucedió Ismael Montes
y a éste Eliodoro Villazón.
Después: Gutiérrez Guerra asumió el poder en 1.917, teniendo que
enfrentar movimientos y disidencias que terminaron por sustituirlo
con una Junta encabezada por Bautista Saavedra que en enero de
1.924 resultó a su vez elegido Presidente por el Congreso.
Por los años de 1.925, Bolivia era esencialmente minera, explotaba y
exportaba minerales metálicos de estaño y otros, que dependían
grandemente de los precios del mercado internacional, los que a
fines de ésa década se vieron gravemente afectados por una
prolongada y grave crisis mundial.
Cien años cumplió la República de Bolivia en 1.925 en medio de la
pobreza y el abandono de sus habitantes.
Solo las minúsculas élites criollas creadas y privilegiadas por ellos
mismos sin otro argumento que la falta de escrúpulos,
protagonizaron el poder y ganaron un forzado y mediocre sitio para
los historiadores afines, en una interminable corriente que
continúa hasta hoy.
El primer cuarto del siglo XX, consolidó los círculos dominantes
vinculados a los latifundistas, banqueros, comerciantes,
industriales y empresarios mineros que con los militares de por
medio, usualmente prebendalizados por astutos favores del Estado,
hacían y deshacían los destinos de Bolivia.
El entorno palaciego del gobierno, escenificado teatralmente en el
Congreso, acomodaba y movía todas las piezas del tablero de sus
intereses, labrando su sólido futuro de privilegios a espaldas de
la gente, que ni leer sabía.
Los periódicos eran el único medio público de información, solo
accesible a unos pocos, duramente censurado a favor de los grupos
de turno y casi siempre controlado por los mismos, o: “cuando no”
por incondicionales beneficiarios de ventajas, títulos y cargos
que jamás obtendrían por sí mismos.
La represión, la prisión, el destierro y otros medios peores fueron
habitualmente (hasta el final de siglo) la forma como los
gobiernos y centros de poder evitaron la oposición y los enemigos
políticos.
Tuvo que pasar más de otro cuarto de siglo para que recién se pueda
instituir el voto de todas las personas para las elecciones.
Sin embargo, hasta el día de hoy: en la práctica los electores no
eligen a nadie y los medios represivos siguen siendo el único
argumento de los serviles del poder de la minoría y los intereses
extranjeros.
Leer la historia de Bolivia del siglo XX en el accionar de los
sucesivos gobiernos raya a veces en lo inverosímil, pues aparte de
los acontecimientos políticos, las asonadas militares, las
revueltas, las conspiraciones y las matanzas, sobresalen sólo los
desaciertos, el servilismo, la corrupción y el descalabro.
Algunos historiadores y comunicadores, por amor propio que quieren
confundir con nacionalismo, tratan de resaltar “obras” inútiles e
insignificantes tan ínfimas para una gestión de Gobierno nacional
como inaugurar una escuela o un tramo caminero, o dictar una ley
que no se cumple, en un país que aún hoy está invertebrado,
incomunicado, sojuzgado por unos pocos y postergado en sus
aspiraciones a los últimos niveles de pobreza.
Con un nivel de vida muy bajo y a la zaga de sus hermanos americanos, a
pesar de haber nacido todos casi al mismo tiempo, con los mismos o
parecidos problemas y pese a poseer grandes recursos naturales y
haber gozado del apoyo de todas las corrientes libertadoras, hoy
Bolivia se debate en los mismos problemas de siempre, agudizados
por las diferencias con el resto del mundo.
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La Guerra del Chaco
Desde que hubieron bolivianos y paraguayos, tanto unos como otros se
creyeron dueños de lo que se llama el Chaco Boreal, al sud-este de
lo que es hoy Bolivia.
A fines del siglo XIX y principios del XX, ambos países
insistentemente trataron de lograr acuerdos que les favorecieran
en sus pretensiones de consolidar su proclamada propiedad sobre
tales territorios, e inclusive gestionaron mediaciones de terceros
países, que finalmente fracasaron.
Intereses extranjeros de las compañías petroleras inglesas y
norteamericanas ejercían también maléficas influencias para
apoderarse de zonas supuestamente ricas en hidrocarburos.
Alrededor del año 1.928 se decidió establecer soberanía a través de la
ocupación de territorios, situación que resultó más fácil a
Paraguay por la cercanía de su capital a los mismos y su
familiaridad con el clima y condiciones reinantes.
Ambos países instalaron los llamados “fortines” en diferentes puntos
del espacio físico disputado, hasta que ocurrió lo inevitable: se
encontraron en la intención de ocupar un mismo lugar.
Gobernaba Bolivia, don Daniel Salamanca desde 1.931 y le tocó afrontar
el conflicto que finalmente no pudo evitarse, peor aún con el
oportuno aliento de los intereses de las potencias extranjeras
expectantes para obtener ventajas en la explotación de los
recursos petroleros que la zona prometía.
Un grupo boliviano expulsó a tiros a un grupo paraguayo de la laguna
llamada Chuquisaca (Pitiantuta para los paraguayos) y fue la
chispa que encendió la hoguera el 15 de junio de 1.932.
300.000 hombres movilizados al frente y 40.000 en retaguardia, 90.000
muertos y 30.000 prisioneros por ambos bandos fueron el balance
final.
La mayor parte del territorio en disputa quedó en poder del Paraguay.
El 14 de Junio de 1.935 se firmó la paz en Buenos Aires – Argentina
ante representantes de Estados Unidos, Brasil, Perú, Chile,
Argentina y Uruguay que aparentemente actuaron como mediadores.
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Hacia la Mitad del
Siglo XX
Después de la contienda del Chaco y la pérdida de lo que consideraron
su territorio, los bolivianos volvieron, desgastados y pobres, a
sus quehaceres de siempre, y con ellos los políticos nuevamente al
total acecho: los grupos de poder a reubicar sus posiciones y los
que no pudieron hacerlo hasta entonces, a crear las condiciones
para lograrlo.
Las heridas de la guerra y los sentimientos lastimados del pueblo eran
un terreno fértil que explotar para poder sobresalir, a falta de
méritos propios.
Tejada Sorzano, David Toro y Germán Busch (militares) sucedieron a
Salamanca en el gobierno hasta el año 1.939.
Carlos Quintanilla, Enrique Peñaranda, Gualberto Villaroel, Tomás
Monje, Enrique Hertzog y Mamerto Urriolagoitia hasta 1.950.
Gestiones históricamente intrascendentes en general, en relación a las
necesidades de reconstrucción del país y las exigencias para la
economía y el progreso de los bolivianos.
Son sin embargo, como todas, muy mentadas para los beneficiarios de
los cambios políticos de personajes y corrientes que
encarnizadamente, a cualquier precio, ocuparon y se disputaron el
poder de entonces y el que viniera después.
Enorme crecimiento de los potentados y extrema postergación de la
población, caracterizan a ésta época en que varios personajes,
familias y grupos supieron sacar provecho de las cenizas de la
guerra y la ingenuidad de la solidaridad y el patriotismo del
pueblo.
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La “Revolución” de
1.952
Víctor Paz, Hernán Siles y otra vez Paz, (civiles) gobernaron Bolivia
hasta 1.964 en un periodo que se recuerda principalmente por tres
acontecimientos:
Su acceso al poder a través de una revolución armada en la que el
esperanzado pueblo derrotó al ejército, después de que éste
intentó defender a las clases dominantes de aquel entonces,
representadas por lo llamados “barones del Estaño” y sobre cuyo
poder económico e influencia se sustentaban los gobiernos de
turno.
La apertura al oriente que como política de los gobiernos habitualmente
asentados en Sucre o La Paz -el lado occidental y montañoso de
Bolivia- resultaba audaz y novedosa, pues integraría físicamente a
dos tercios del territorio hasta entonces olvidado y marginado de
la tormentosa vida republicana boliviana: se construyó la
carretera Cochabamba - Santa Cruz.
Una serie de medidas que en aquel escenario y época resultaban
trascendentales como: el voto universal, la nacionalización de las
minas y la reforma agraria, y que aparentemente cambiarían para
siempre y positivamente la vida de los bolivianos; aunque en los
hechos, el tiempo y hasta algunos de sus propios gestores se
encargaron de desvirtuar.
En el tema de participación mediante el voto: el voto fue utilizado,
inducido, tergiversado y manipulado en todo tiempo; hoy está
totalmente prebendalizado y sólo viabiliza la componenda y los
negociados. El boliviano no elige nada.
La nacionalización de las minas generó con el tiempo gigantescas,
ineficaces y corruptas administraciones estatales que sólo fueron
instrumentos de acomodo partidario y enriquecimiento ilícito.
Nuevas élites y “barones” de la minería se formaron a través de los
favores de la burocracia oficial y son quienes hoy controlan sus
acciones.
La reforma agraria sirvió -a la larga- para cometer abusos e inducir
votos. Hoy: a través del Estado, las tierras bolivianas, en miles
y miles de hectáreas están gratuitamente repartidas en pocas e
improductivas manos, fruto del tráfico de influencias, los
negociados y el favor político.
Actualmente, el 93 % de las tierras está en manos del 7 % de
propietarios de tierras y no producen nada o se usan raramente
para generar la exportación de algunos productos, el 7% de las
tierras en manos de lo otros propietarios cubren el 70 % de los
productos agrícolas de la canasta familiar boliviana. Apenas el
15% del territorio se trabaja como cultivos.
En cada gobierno desde entonces, cualquier funcionario con la
suficiente influencia resulta adjudicándose fraudulentamente
inmensas porciones de territorio, el cual hoy en día está
absolutamente loteado, no produce y no tributa, pero se vende, se
alquila, se hereda o se hipoteca.
Hoy se sabe hasta de territorios de patrimonios nacionales y reservas
naturales, (como el Salar de Uyuni) reducidos en su superficie por
decreto o en el parlamento, con la finalidad de disponer y
comerciar ilícitamente con ellos.
Es más, lo poco o nada que los nuevos mega latifundistas y aparentes
empresarios producen, se usa sólo como medio para obtener créditos
vinculados y de favor con la banca -nunca pagados- y hasta se usan
abusivamente soldados y recursos de las fuerzas armadas bolivianas
para sus trabajos privados de siembra, cosecha o construcciones y
servicios personales.
Gigantescas estafas –siempre impunes- se han producido a través de la
banca boliviana sin que nunca se haya adoptado medida alguna para
recuperar efectivamente cientos de millones de dólares de
auto-créditos de fondos de financiamientos y concesiones
extranjeras y de fondos de los ahorristas bolivianos.
El boliviano sigue hoy sin poder elegir ni participar de su destino,
las empresas del estado son antros de corrupción o están
enajenadas y los campesinos e indígenas siguen luchando por un
pedazo de tierra para sobrevivir, siendo por tal motivo
frecuentemente reprimidos brutalmente y a veces asesinados a
nombre del orden constituído, sin que jamás se intente siquiera
encontrar a los autores.
Al margen de las intenciones que pueda encerrar cualquier acción en su
origen, hoy, medio siglo después, se relata la realidad de lo
ocurrido y lo que ocurre como fruto de la mentada “revolución”.
Lo irónico y dramático de esto, es que los actores de los cambios, su
desarrollo y sus resultados son genéricamente y hasta
genéticamente los mismos que hoy cosechan la torcida herencia,
mientras la república está sumida en la más profunda crisis de su
existencia.
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Más Gobiernos Militares
Desde 1.964: René Barrientos, Alfredo Ovando, Juan Torres, Juan Pereda,
David Padilla, Alberto Natusch, Hugo Bánzer y Luis García hasta
1.982, todos militares y golpistas, con la fugaz presencia casual
y decorativa de los civiles Luis Siles, Walter Guevara y Lidia
Gueiler en distintos tiempos del periodo, protagonizaron la larga
noche de las dictaduras, plagadas de asesinatos, secuestros,
desaparecidos, prisioneros y deportados, no sin el apoyo de
algunos “socios” latinoamericanos y de otros confines.
Todos los cargos públicos y administración de recursos estuvo en manos
de uniformados de toda laya, alternándose con algunos infaltables
serviles y acomodados.
Enriquecieron a sus familias e incondicionales, saquearon las arcas del
Estado, endeudaron astronómicamente a los bolivianos de las
próximas generaciones, sembraron el terror y el luto entre los
pobladores, se rieron y se jactaron de ello y dejaron escrito para
siempre el estilo de la impunidad institucionalizada y la condena
civil para quienes piensen distinto.
Algunos hasta se disfrazaron de demócratas, el arma de última
generación del siglo pasado, en mayores o menores grados, fueron
artistas de la demagogia, expertos en la represión y protagonistas
de fraudes registrados por la historia.
Numerosas matanzas se cuentan en éste periodo, muchas víctimas y
muertes nunca esclarecidas, encubiertas por los siguientes
herederos del poder.
Muchos mártires cuyo sacrificio en algunos casos, solo sirvió para que
en su nombre y sobre sus tumbas, se favorecieran y construyeran
nuevos emporios de corrupción, hoy vigentes.
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La “Democracia”
Boliviana
Con éste jactancioso título, construido sobre las espaldas del pueblo,
y con su representación se autocalifican los peculiares inquilinos
del Palacio de Gobierno boliviano ubicado en la ciudad de La Paz.
A partir de 1.982 Hernán Siles ocupó la Presidencia elegido por el
Congreso, le sucedió Víctor Paz en 1.985 elegido de la misma
forma, Jaime Paz en 1.989 tras inauditas y escandalosas maniobras
entre congresales, Gonzalo Sánchez en 1.993, Hugo Bánzer en 1.998
elegido por el Congreso y fallecido antes de terminar su gestión
fue heredado por Jorge Quiroga.
Finalmente, estos junto a Gonzalo Sánchez desde 2.002 hasta la fecha;
conforman la “nueva” camada de gobiernos dando continuidad y
reforzando muchos de los vicios adoptados y heredados, aunque
generando también algunas características propias, no menos
perjudiciales.
Caudillos y actores directos de los sucesos “revolucionarios” y
“militares” de la segunda mitad de siglo, aparecen repetidamente
en el nuevo y esta vez “democrático” listado, intercalados con
otros hábiles cultores de la oportunidad.
La presión de los tiempos cambiantes incentivó el ingenio de los grupos
de poder y sus serviles artífices para “adaptarse” a las
exigencias y a las corrientes democratizadoras dominantes en el
mundo.
Una democracia a la boliviana está hoy instituida con muy buenos
réditos para sus beneficiarios. En actos mal llamados
“elecciones”, cada cuatro años (ahora cinco), elegidos “a dedo”
(nombrados) llegan al congreso en papeletas “por plancha”
(lista), y allí negocian sus votos por cargos, embajadas,
ministerios, prefecturas, alcaldías, archivo o anulación de
juicios y procesos, obtención de contratos y hasta el destino de
futuras elecciones en oscuras componendas y acuerdos subterráneos
de alternabilidad y rotatividad.
En muchos países del mundo la elección se deriva a la representatividad
de los votantes, pero seguro que en ninguno se ha despreciado
tanto a ésta última, a la hora de su ejercicio; como en Bolivia.
Entre 75 al 80 % de los votantes NO eligieron a los gobernantes en casi
todos los casos indicados, lo que llega al 86 % en el caso de
Jaime Paz.
Estos porcentajes se transforman en más del 93 % Y 96% respectivamente
si se considera a todos los bolivianos (incluyendo a los que no
votaron).
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Balance
No hay nada digno de destacar y que pueda contabilizarse efectivamente
en los campos del desarrollo y el progreso para los bolivianos en
las gestiones recientes precedentes.
Nada que no sean los desaciertos administrativos y los ajustes a los
desajustes que ellos mismos provocaron, lo que trae otros nuevos y
así sucesivamente, con consecuencias que finalmente carga la
población en su conjunto.
Gigantesca e histórica inflación descontrolada acompañada de negociados
oficiales y especulaciones millonarias en medio de éste proceso de
empobrecimiento colectivo, caracterizaron una primera etapa: Siles
Suazo y Jaime Paz.
Estabilidad monetaria, despido masivo y desempleo absoluto es el
recuerdo nacional en la siguiente: Víctor Paz.
Nada que recordar, salvo la inoperancia y la privatización de empresas
estatales, es el resultado de la tercera etapa: Jaime Paz
Enajenación de las empresas públicas y el patrimonio nacional
(reversión del proceso de 1.952) es el rasgo dominante del cuarto
periodo combinado con brutal represión y sangre: Gonzalo Sánchez.
Crisis, caos, crisis, inoperancia, crisis, sinónimos de la etapa
siguiente: Hugo Banzer y Jorge Quiroga.
Más crisis y mucha sangre y muertos por la represión, es lo único que
hasta ahora se llega a visualizar en la gestión actual: Gonzalo
Sánchez.
El loteo del Estado y la corrupción generalizada, institucionalizada y
maximizada y la exclusión absoluta de la población, es
lastimosamente hasta hoy, el factor común de las gestiones de
gobierno autodenominadas “demócratas” en Bolivia, que no tienen
nada que ver con la semántica ni el significado o propósito de la
palabra.
La comunidad internacional engañada por las voces oficiales, tampoco
escucha lo que la población pide y la espiral continúa, la
corrupción y el engaño que beneficia a unos cuantos, la pobreza,
exclusión y humillación para millones de bolivianos.
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