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El
Gobierno de Bolivia
El gobierno
de Bolivia de acuerdo a la Constitución Política del Estado, Ley
principal del sistema legal vigente, está conformado por los
poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial.
Poder Ejecutivo
El poder
ejecutivo del gobierno en Bolivia, lo encabeza el Presidente de la
República quien es elegido por la mayoría de los miembros del
Congreso, a su vez “constitucional” según se establece, excepto si
en las elecciones generales fuera favorecido con el 50 % mas uno
de los votos, caso en el que su acceso a la Presidencia no
requiere pasar por el Congreso.
También
pueden darse excepciones si el titular fallece o renuncia y
constitucionalmente le sucede el Vicepresidente, el Presidente del
Congreso u otros según una cadena jerárquica establecida en el
mismo instrumento legal.
En la
historia de Bolivia, muchas veces el congreso o entidades
equivalentes se han conformado al margen de la Constitución para
nombramientos de presidentes con o sin elecciones generales de por
medio.
Igualmente la
historia boliviana registra muchos “golpes de estado”, frase
familiar para los nativos, que significa apoderarse del poder por
la fuerza.
El presidente
es el Comandante General de las Fuerzas Armadas de Bolivia y
muchos gobiernos se sustentan en la fuerza que éstas ejercen
contra el pueblo.
En éste país,
muchísimas veces los presidentes constitucionales han sido
derrocados por militares de todo rango, en varios casos por el
propio Comandante en Jefe, nombrado por el primero.
El
vicepresidente también es elegido por el Congreso siendo
tradicional que sea el acompañante de fórmula del Presidente.
Aquel
reemplaza constitucionalmente al primero en toda eventualidad que
le impida ejercer su cargo.
A su vez el
vicepresidente es Presidente del Congreso, que es el Poder
Legislativo.
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Poder Legislativo
El Poder
Legislativo o Congreso de Bolivia, está conformado por la Cámara
Alta o de Senadores y la Cámara Baja o de Diputados.
Este
conglomerado de personajes llegan a ésta posición, histórica y
mayoritariamente como servidores incondicionales de los caudillos
criollos y las corrientes de turno.
Veintisiete
senadores -seleccionados por los “jefes” de los partidos y sus
círculos, de acuerdo a los “méritos” que hubieran “aportado”-
representan supuestamente a los nueve departamentos de Bolivia,
conformando la cámara alta.
Cualquier
visitante en Bolivia podrá comprobar que el ciudadano de la calle
(peor del campo) ni les conoce.
Ciento
cuarenta diputados que desde siempre fueron elegidos en listas
generales del partido del candidato a presidente, desconocidos
mayoritariamente por la ciudadanía, no solo llegan a ésta
instancia de gobierno sino que una vez allí negocian la elección
presidencial y la repartija de las cuotas de poder, en muchos
casos definidas aún antes de haber sido seleccionados.
Apenas hacen
algunos pocos años, a fuerza de tener que apaciguar la indignación
popular, los políticos tuvieron que instituir a regañadientes el
voto directo para elegir al 50 % aproximado de ellos, (68), siendo
la mejor ocasión y demostración de cómo se puede manipular y
prebendalizar la voluntad ciudadana, con vergonzosas campañas
digitadas desde las fuentes más altas del poder en favor de
parientes y privilegiados sin ninguna relación con sus votantes.
Tráfico e
intercambio de votos, traslados de votantes, registros
fraudulentos, fondos nacionales partidarios volcados a favor de
elegidos “a dedo” (nombrados), millonarias campañas con fondos
públicos y otras habilidades se cuentan en tan poco tiempo de éste
ejercicio, nominalmente “democrático”.
La elección
presidencial es el principal objeto del poder legislativo, nunca
fue cristalina, siempre fue negociada. Los dividendos de los
acuerdos duran años, tantos que muchas veces sobrepasan los
periodos de las gestiones convenidas.
El
encubrimiento, la impunidad, la mutua correspondencia, la
tradicional componenda, la manipulación de investigaciones y
procesos, la negociación de contratos, cargos, embajadas,
ministerios y asignaciones o cuotas de poder, son los clásicos
argumentos del accionar legislativo.
Las
elecciones de funcionarios del poder judicial, de los contralores,
de los fiscales, de los superintendentes, de los supuestos
defensores del pueblo, de los representantes en las empresas
mixtas con administraciones foráneas, los casos que accidental o
interesadamente “caen” en su jurisdicción y las medidas y actos
del ejecutivo; son valiosas e inmejorables oportunidades para
obtener réditos, beneficios, privilegios y garantías.
La
legislación en favor de los intereses de la nación y la
fiscalización de los actos del poder ejecutivo son, teóricamente,
según la Constitución: las funciones principales de éste poder del
Estado boliviano.
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Poder Judicial
Representa la
administración de la justicia en Bolivia.
Su
organización parte de la Corte Suprema de Justicia, ente mayor que
no tiene otro nivel de apelación –teóricamente- y cuyos fallos se
cumplen (siempre que el afectado no cuente con los medios para
lograr lo contrario)
Cada
Departamento (nueve) de Bolivia es un Distrito Judicial y cuenta a
su vez con su propia “Corte Superior de Justicia” que es la
penúltima instancia de apelación de los casos locales de cada
sitio.
Los jueces
ordinarios ejercen y administran la justicia en su primera
instancia.
Igualmente
existe la Fiscalía General y las Fiscalías Departamentales
(disputadísimos cargos para los partidos políticos) y los fiscales
ordinarios y adscritos a diferentes instancias procesales.
Demás está
decir que los nombramientos de los miembros del poder judicial en
todos sus niveles, con mayor o menor, formalidad están
circunscritos en el ámbito político de la componenda y el favor
partidario.
De ahí que la
impunidad en los delitos de orden público es la realidad cotidiana
en Bolivia, al igual que en todos los casos de delitos comunes en
que se disponga de los medios e influencias políticas y/o
económicas necesarias como para resolver el problema.
En Bolivia se
estila enjuiciar y sancionar sañudamente a los acusadores o
denunciantes de delitos públicos y se suele premiar generosamente
con la impunidad y mejores oportunidades a los acusados.
Hombres
probos y correctos además de buenos profesionales en la judicatura
son frecuentemente combatidos y procesados por causas inventadas o
fabricadas para lograr su retiro forzado.
Se inventó,
hace algunos años, bajo la presión moral del pueblo: el llamado
Consejo de la Judicatura, con el objeto de supervisar el trabajo
de los administradores de Justicia del país.
Pocas veces
se ha debido ver tan sañuda persecución, acoso y presión para sus
encargados; al extremo de expulsar y procesar a quienes intentaron
cumplir con la misión encomendada, afectándoles indefinidamente e
intentando inclusive impedirles el ejercicio de su profesión.
No termina
ahí este escandaloso accionar: el congreso modificó la ley,
limitando (anulando) los alcances y atribuciones de dicho Consejo
para convertirlo (hoy) en un ente decorativo al servicio de
intereses políticos y coadyuvador de la corrupción judicial y
consecuentemente la pública.
Iguales
situaciones se han dado recientemente cuando una fiscal investigó
delitos con daño público en empresas capitalizadas, el gobierno
optó por destituir a la fiscal, imponer un títere y aún sustituir
a otro Fiscal que quiso enmendar los errores.
Ninguna
esperanza de justicia para castigar la corrupción y abusos
públicos es posible en este país.
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Ministerios
El poder
ejecutivo del presidente, es ejercido a través de un conjunto de
ministerios para los diferentes rubros y actividades por lo que su
número y campo de acción es frecuentemente motivo de cambios en
cada gestión, generalmente intrascendentes y de forma.
El gabinete
de ministros, junto al Presidente definen y firman los Decretos
Supremos que son instrumentos a través de los que pueden tomar
algunas decisiones teóricamente transitorias que a veces se tornan
en definitivas, si es que el Parlamento no los cambia, rechaza o
reemplaza con la emisión de leyes.
El poder
ejecutivo propone políticas al parlamento, que se aprueban como
leyes.
Por éste
motivo, siempre ha sido necesario que la mayoría de parlamentarios
sean partidarios del presidente, con lo que se desvirtúa el rol
fiscalizador del parlamento sobre el ejecutivo.
La
Constitución Política del Estado de Bolivia establece que el
nombramiento y la remoción de los Ministros de Estado es una
atribución del Presidente de la República, quien puede designar
Ministros de Estado sin Cartera, cuya competencia deberá estar
referida a temas específicos.
Todos los
Decretos y disposiciones del Presidente de la República deben ser
firmados por el Ministro del área correspondiente. Estas
instrucciones o disposiciones no son válidas ni obedecidas sin
dicho requisito.
Los asuntos o
negocios de la Administración Pública boliviana se atienden y
resuelven a través de los Ministros de Estado, cuyo número y
atribuciones están determinados por Ley de la República.
En el
presente año de 2.003 se dictó la Ley de Organización del Poder
Ejecutivo (LOPE), Ley No. 2446 en fecha 19 de marzo, la que
modificaba una anterior con el mismo fin, la que a su vez lo hacía
con otra similar y así sucesivamente.
En éste caso
se redujo el número de ministerios argumentando reconocer la
presión popular de excesos en los gastos del gobierno.
De acuerdo a
aquella Ley, en el gobierno existirían los siguientes Ministerios
de Estado:
-
Ministerio
de Relaciones Exteriores y Culto
-
Ministerio
de la Presidencia
-
Ministerio
de Gobierno
-
Ministerio
de Defensa Nacional
-
Ministerio
de Hacienda
-
Ministerio
Desarrollo Sostenible
-
Ministerio
de Desarrollo Económico
-
Ministerio
de Servicios y Obras Públicas
-
Ministerio
de Educación
-
Ministerio
de Salud y Deportes
-
Ministerio
de Trabajo
-
Ministerio
de Asuntos Campesinos, Indígenas y Agropecuarios
-
Ministerio
de Minería e Hidrocarburos.
Menos de seis
meses después, a partir del seis de agosto, nuevamente se modifica
el número de ministros aumentándolo, echando por tierra lo
anterior.
Esta es la
forma tradicional en la que se suele administrar el estado, según
los intereses políticos del momento y sin tomar en cuenta las
necesidades de la población.
Además se ha
inventado hace pocos años la figura de los viceministros, para
poder dar cabida a tantos pretendientes políticos a cargos
jerárquicos, en realidad son más ministerios.
Actualmente
pasan de ser unas cinco docenas de cargos, entre muchos otros,
absolutamente ineficaces e intrascendentes.
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Prefecturas
Por otra
parte, en Bolivia los llamados Departamentos, que son nueve, son
unidades administrativas y territoriales en las que se ha dividido
toda la república, y están gobernados, a nombre del gobierno
central, por las “Prefecturas de Departamento” a cuya cabeza se
encuentra el Prefecto, autoridad nombrada directamente por el
Presidente.
Este cargo,
político y sin ningún otro requisito que la incondicional
servidumbre, bajo distintas denominaciones dispone a su vez de un
“gabinete” de directores por áreas que administran a todas las
provincias que son las sub-unidades territoriales en que cada
departamento de Bolivia se divide.
Recientemente
la creatividad de los tecnócratas y políticos, en su continuo afán
de reforzar el esquema que los sustenta y adaptarlo y mimetizarlo
en medio de las corrientes y demandas populares e internacionales
periódicas, inventó los Consejos Departamentales, formados por
representantes de la comunidad (políticos) elegidos por los
concejos municipales del Departamento (componendas y cuotas
partidarias), en un intento de crear un aparente nexo entre lo
departamental (regional) que representa a su vez lo nacional o
central, con lo local.
Este ente,
supuestamente tendría la función de acercar a la Prefectura a las
distintas zonas de la región con representantes directos y además
fiscalizar los actos del Prefecto, sin embargo es éste quién
preside el mismo, convoca a las sesiones, propone su contenido y
dispone las facilidades para los Consejeros, por lo que en la
práctica ha sido un estéril aumento de la burocracia.
Existe
también la figura de los sub-prefectos que algunas regiones
disponen según su importancia.
En las
provincias existen los “cantones” o poblaciones en las los
“corregidores” ejercen la representación del ejecutivo. Imagine el
lector la cantidad de “delegaciones” que administra el Estado.
Generalmente,
las agrupaciones o coaliciones políticas gobernantes del país,
delegan a sus representantes “departamentales” en relación a su
propia organización partidaria, con la función de “copar” (llenar)
y administrar las causas regionales, no sin antes asegurarse que
podrán “controlar” las situaciones que lo ameriten.
Entidades
estatales y para-estatales a cargo del Gobierno Central, vía
Ministerios o Prefecturas, disponen de oficinas y reparticiones
departamentales, regionales o locales en distintas capitales,
ciudades, poblaciones y lugares de la geografía boliviana, en las
que acomodan a sus partidarios y las que utilizan como avanzadas
partidarias con recursos del Estado, para cumplir campañas o hacer
tratos y componendas.
Al tener
absoluta incidencia política-partidista, estas reparticiones por
lo general se ponen al servicio de las gestiones y campañas
políticas y se utilizan para construir las bases de apoyo
necesarias para el “ascenso” gradual de sus eventuales
directivos.
Recursos y
bienes del Estado suelen usarse indiscriminadamente para fines
personales y partidarios, moneda corriente en el quehacer diario
de la administración boliviana.
Cargos
ejecutivos, gerenciales, directivos, técnicos, culturales o
científicos son ocupados por igual por dirigentes de la
servidumbre de políticos, incrustados en los barrios, gremiales,
campesinos, artesanos o parientes y allegados de los anteriores.
Las
representaciones bolivianas en el mundo, dependen también del
poder ejecutivo y suelen ser objeto del mismo trato y argumentos,
salvo honrosas excepciones de connotados personajes que inclusive
“ad honorem” sirven sacrificadamente a éste país.
El sistema
“electoral” obliga a los actores “elegidos” a cumplir con los
compromisos contraídos en las “negociaciones” y componendas con
los viabilizadores de la gobernabilidad, que además se jactan de
ser paladines de la democracia.
Las más
inverosímiles alianzas y burdas coaliciones se han dado y se
siguen dando al calor de la “gobernabilidad” que permite la
distribución gratuita de los factores de poder hasta entre los
menos favorecidos con el voto.
Trapecistas y
equilibristas de todo calibre se dan modos para permanecer durante
décadas arrimados en el poder, sin importar quien lo detente
ocasionalmente, lucrando y usufructuando beneficios, riquezas y
privilegios para todas sus generaciones valiéndose de los
“espacios” que genera el ejercicio de la “democracia” fabricada y
utilizada por ellos mismos.
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Las Cárceles
Las cárceles
en Bolivia, particularmente la de "Palmasola" en
la ciudad de Santa Cruz de la Sierra, es un modelo digno de
análisis, que refleja el esquema general de administración del
poder y de los intereses de la comunidad con que se maneja este
país.
En el
interior de ésta cárcel existen tiendas,
restaurantes y se desarrollan actividades económicas a veces
más dinámicas que en su exterior, por el “mercado cautivo” en su
más clara aplicación.
Los alojados
en las cárceles, de acuerdo a los recursos que dispongan
“construyen” sus residencias y negocios dentro de las mismas, de
ahí que su aspecto interior es similar a cualquier villorio o
poblado exterior: edificios de uno o dos pisos con todas sus
dependencias o simplemente “cuartos” o habitaciones, que cuando el
propietario disponga o no las necesite, las puede rentar, negociar
o vender.
Similar
situación ocurre con las instalaciones construidas con fondos
públicos, los reclusos se apropian de las mismas, se las
distribuyen y cobran alquiler o derechos a los eventuales
ocupantes a vista y paciencia de los carceleros, que por lo
general integran la estructura comercial del emporio hasta los
niveles jerárquicos más insospechados.
De acuerdo a
los recursos e influencias que dispongan los recluidos, éstos
pueden disponer de las comodidades y espacios necesarios: desde
residencias de varios ambientes, amobladas y equipadas
completamente (aire acondicionado, televisión por cable, telefonía
celular, correo, visitas ordinarias y extraordinarias, agua
caliente, baño privado, todos los artículos y servicios que
necesite) hasta modestos espacios del tamaño del cuerpo que
celosamente son custodiados y rentados “solo para dormir”.
Casos de
reclusos que ordinariamente salen a cumplir sus faenas externas y
que sólo se presentan semanalmente para contestar la “lista”
judicial y que a veces cometen toda clase de delitos en sus
salidas, sin forma de denunciarlos porque ya no hay como
apresarlos, son típicos.
Robos de
vehículos, asaltos a residencias y casas comerciales o bancos y
secuestros a personas son dirigidos desde las cárceles, mediante
celulares y mensajeros; cobrándose rescates o vendiéndose
información para “devolver” lo robado -previo pago- en la misma
“prisión”.
Frecuentemente se asalta a los portadores de rescates y
recompensas dentro los recintos. Nunca se sabe quienes fueron.
La liberación
indiscriminada de presos y detenidos por los jueces, el mal uso y
caprichosa interpretación de códigos y leyes, la impunidad y el
encubrimiento, las fugas con complicidad pagada, las coimas
(sobornos) y otros medios de eludir la debilitada ley, son moneda
corriente de la realidad cotidiana.
Arduo trabajo
espera a los bolivianos para contener la ola delictiva pública y
de la otra; cambiar su sistema judicial rompiendo su dependencia
política y lograr un equilibrio que por lo menos se aproxime a la
justicia.
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