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El Desempleo en Bolivia
La administración del Gobierno de Bolivia –hasta el 17 de octubre
de 2.003 - reportó que la
cifra del desempleo en el país llega al 11,6 % sobre una
“Población Económicamente Activa” (PEA) de 3.7 millones de
personas.
Por otra
parte, fuentes independientes como el “Centro de Estudios para el
Desarrollo Laboral y Agrario (CEDLA) afirman que el desempleo en
Bolivia afecta al 12% de la población económicamente activa. Esto
significa que cerca de medio millón de personas buscan empleo
actualmente sin encontrarlo.
A esto se
suma el hecho de que en el sector privado los despidos son
permanentes debido a que la crisis que se mantiene desde hacen
años y se ha agudizado en los últimos, obliga a cerrar a muchas
empresas, a trabajar con el mínimo de su capacidad y/o tercerizar
sus actividades.
El 60 por
ciento de las factorías de la industria manufacturera nacional
utiliza apenas el 44 por ciento de su capacidad instalada y sus
ventas se reducen constantemente al igual que sus ingresos. El
análisis de los propios empresarios industriales revela que la
demanda de sus productos decayó en ochenta millones de dólares
solo en el año 2.002 y que la mitad de las empresas formalmente
establecidas presentaron pérdidas al cierre de dicha gestión,
manteniéndose y pronunciándose más en los siguientes años.
El ambiente
recesivo afecta con mayor rigor a la industria, el comercio, la
minería y la construcción, lo único que crece sin cesar es la mora
bancaria, cuyo nivel ya puso en alerta máxima a los banqueros,
pero que será inevitable mientras las empresas legales vendan
poco, mientras el contrabando es de venta libre y abierta en los
mercados informales que se multiplican a diario.
En
general, de acuerdo a las tendencias que van ocurriendo
invariablemente, se estima que el índice de desempleo llegue
libremente al 13 % o más hasta fin del presente año.
Por otra parte, el índice de subempleo alcanzó al 65 por ciento de
la Población Económicamente Activa, siendo el más alto de América
del sur (55 % Venezuela y Ecuador, otros son menores aún)
Una buena
parte de estos trabajadores bolivianos obtiene ingresos tan
reducidos, que no les permite financiar sus necesidades de
alimentación y subsistencia, a pesar de que cumplen con jornadas
completas de trabajo (el 37 por ciento de la población nacional
actual boliviana de nueve millones de bolivianos, sobrevive con
menos de un dólar de ingresos al día).
Los datos
oficiales deliberadamente conservadores, no muestran a cabalidad
la magnitud real del subempleo; a pesar de ello, establecen que el
40 por ciento de las mujeres trabajadoras y el 27 por ciento de
los varones trabajadores del área urbana confrontan este grave
problema.
Hasta un
tercio de los asalariados están trabajando en condición de
eventuales y otro significativo segmento de la población
subempleada trabaja involuntariamente a tiempo parcial, por debajo
de la jornada normal, debido a la crisis económica y a la recesión
que afecta a las principales actividades productivas de la
economía urbana, tanto en el sector formal como en el informal.
Sobre este
sector de asalariados, el gobierno boliviano quiso a principios
del año 2.003 - bajo la presión del Fondo Monetario Internacional
- descargar el peso de la crisis fiscal, a través de un impuesto
al salario, que generó justificadas protestas y convulsión
social, que continuaron diversificandose hasta derrocar al
gobierno.
Actualmente todo intento de
imponer mayores tributos u ordenar los existentes choca con una
cerrada oposición, pues nadie quiere modificar su estado actual
perdiendo más de lo que ya no tiene.
En este
ejército de subempleados, la insatisfacción y frustración laboral
son crecientes al constatar que tener una fuente de trabajo en
Bolivia no garantiza, ni mucho menos, un ingreso digno que cualquier ser
humano requiere.
Se estima que
en Bolivia, la mitad de los trabajadores asalariados no cuenta con
derecho a la seguridad social ni tiene cobertura de salud, como
tampoco obtiene beneficios colaterales normales como vacaciones
anuales de ley o aguinaldo (sueldo extraordinario de fin de año).
Solo en el
área urbana del país se estima que existían, a fines del 2001,
cerca de 700 mil trabajadores ocupados en empleos precarios, mal
remunerados y sin protección social ni laboral. Hoy la situación
es peor en cifras, calidad de empleos y consecuencias.
No solo eso
sino que las debilidades políticas y el fácil expediente de
tomar lo ajeno en un país en que la ley es recurso válido solo
para los que la manejan, hacen que de forma recurrente el gobierno
eche mano de los recursos de la seguridad social, sin ninguna
reponsabilidad para el futuro, dejando en el desamparo y las
impotencia a la población. Dicha actuación del Estado se repite
actualmente de manera descarada.
Entre los
trabajadores por cuenta propia, la situación es mucho más
dramática, ya que las condiciones de trabajo son prácticamente de
crítica subsistencia al concentrarse en actividades precarias y de
muy baja productividad.
La empresa
privada, reducida a su mínima expresión por falta de consumo,
capacidad e incentivos del Estado y por otro lado el gobierno, en
todos sus estratos, agotando las arcas públicas para satisfacer
las necesidades de sus partidarios y "clientes", sin ni siquiera lograrlo; han
dejado al país en un estado tal que la informalidad, el
contrabando, el narcotráfico o la delincuencia se han convertido
en serias alternativas de sobre vivencia para muchos.
Otros han
optado por emigrar a países vecinos, Estados Unidos, España u
otros que son los preferidos por miles de bolivianos, que a cambio
de cualquier paga por servicios terciarios y a veces en condición
de ilegales, obtienen la sobre vivencia de los suyos. En Bolivia,
cada día, largas colas de personas duermen en la calle para
lograr obtener sus documentos de salida del país en medio de
corruptos procesos.
El “Plan
Nacional de Empleo” (PLANE) propuesto en anteriores gestiones de
gobierno y continuado hasta el actual, es una fuente precaria de
empleo de remuneración mínima y eventual que de alguna manera
busca paliar en algo la crisis generalizada. Sin embargo carece de
planificación y continuidad y aparte de paliar suave y
circunstancialmente algunas necesidades, es un desperdicio de
fuerza laboral usado a veces de forma inconveniente y para
intereses de terceros.
Lejos de
mejorar la condición de los bolivianos con las tendencias
liberales de los últimos veinte años, el cierre de las empresas
estatales dejó en la calle a cerca de veinte mil trabajadores
asalariados y muchos otros de empleos conectados en su primera
etapa y con la capitalización de hacen ocho años se echó a otros
10.000 empleados más por los servicios que ya no se toman.
Esta masiva
masacre blanca se dio inicialmente en el sector minero,
parcialmente en el petrolero e industrial, para continuar luego
con los sectores del transporte por vía férrea y aérea, las
telecomunicaciones y completar con las actividades e industria
petroleras.
Solo las
empresas capitalizadas (privatizadas con propuestas de inversiones
a cambio de un 51% de la administración y el total de su
patrimonio) empleaban a catorce mil bolivianos contra poco más de
cuatro mil que ocupan ahora.
Los
efectos demoledores de lo anterior en el mercado de consumo han
sido irrecuperables hasta ahora y con tendencia a empeorar.
La
industria, la construcción y el comercio legales, en todas sus
escalas, han sido las principales víctimas, aparte de los
despedidos y la totalidad de la población, excepto grupos
dominantes.
Se estima
que el 95 % de las actividades empresariales del país está
conformada por micro y pequeñas empresas con menos de diez
empleados, generalmente de baja productividad, limitada capacidad
empresarial, grupo familiar inmerso, alto rezago tecnológico, nulo
o micro financiamiento de alto costo, empleadores informales,
precarias condiciones de trabajo, salubridad y seguridad, acoso
tributario y de soborno, impotencia total ante el mercado
callejero, el comercio y actividad informales y la competencia
ilegal del contrabando.
En el área
urbana, el 47,6 por ciento de las microempresas se dedican al
comercio, el 23 por ciento a la manufactura, el 10 por ciento a la
construcción, el 7 por ciento a los servicios sociales y
comunales, el 6 por ciento a otros servicios y el 6 por ciento al
transporte y comunicaciones.
Por
último, el gran sector informal en Bolivia, recurso político de
alto valor numérico, compuesto por miles de personas y familias
que realizan actividades en todos los rubros, tanto en la ciudad
como en el campo, de bajos ingresos, calidad dudosa de productos,
nula tributación, ninguna ley laboral, costos de sobre vivencia
que estrangulan al comerciante o productor formal y legal, cero
valor agregado, vinculación al contrabando y mercancías robadas
o ilegales,
falta de normas de salubridad y seguridad, violación de normas
urbanas, usufructo abusivo de servicios y espacios públicos, sobornos
y otros efectos.
El
pronunciado aumento del desempleo que subió un 4 % en cinco años
ha provocado un notable deterioro general en las condiciones y
calidad de vida de los bolivianos.
La baja de la
capacidad adquisitiva y la crisis generalizada han devaluado los
bienes en el mercado en un sesenta por ciento en el último
quinquenio, es decir que los bolivianos que habrían podido
tenerlos hasta entonces son ahora más pobres en casi una relación
del doble.
La crisis del
empleo y su pronunciado deterioro en las ciudades, la virtual
desaparición gradual de la economía campesina de occidente en
ocaso y la dura realidad rural del resto del país, han generado
una migración masiva y constante a los centros urbanos, aumentando
la depresión de los círculos marginales, y la precariedad de
salud, seguridad, alimentación, vivienda y otros factores que
hacen a la vida misma, enseñoreándose la inseguridad, la pobreza
extrema y la falta de oportunidades.
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